ANALITYCS

domingo, 17 de noviembre de 2019

VIVIR EL MOMENTO PRESENTE

Imagen de Petra Boekhoff en Pixabay

Se habla mucho de vivir el momento presente. Es un consejo sabio y antiguo, sin embargo, cuesta mucho seguirlo. Parece que si entendemos nuestro pasado, y lo revisamos machaconamente, encontraremos la causa de nuestras aflicciones en el presente, y así éstas quedaran solucionadas.

Pero pocas veces es así.

Si bien entender nuestro pasado puede arrojar alguna luz sobre el presente, mantener la atención en el pasado impide avanzar.

Incluso muchos terapeutas insisten en hablar del pasado, una y otra vez, en el curso de la terapia. En mi opinión, incidir en mantener la atención en el pasado no conduce nunca a conseguir mayor bienestar en el presente y, por lo tanto, a acercarnos más a la serenidad que ansiamos.

Centrarse en acontecimientos pasados negativos y darles vueltas y más vueltas hace que los sentimientos que tengamos sean negativos, y por lo tanto, que el pasado nos condicione el presente cuando no debería ser así, porque ya no es lo que estamos viviendo.

Los recuerdos del pasado, los acontecimientos, incluso los dolorosos, pueden ayudarnos a desarrollarnos como personas, pero siempre que centremos nuestra atención en el momento presente y nos acordemos del pasado como algo ya acabado y que no puede determinar ni mi manera de pensar, ni de sentir del momento presente. Y esto es lo que deberemos trabajar.

Es importante mantener la mente en el ahora, porque estar fuera de este ahora supondrá estar preocupado por el “y si hubiera...", por las anticipaciones negativas, quejas, lamentaciones y sentimientos de culpa.

El escritor Wayne Dyer proponía un bonito ejemplo acerca de cómo vivir el momento presente. Proponía que se imaginase que iba por el mar navegando en un barco y que se hiciese tres preguntas importantes.

La primera: "¿Qué es la estela?".
La estela es el rastro que queda atrás en el agua cuando se está moviendo.

La segunda pregunta sería: "¿Qué impulsa el barco?".
Lo que hace que el barco se mueva es la energía actual del motor, no la de ayer, ni la de mañana, sino la energía que se produce en el momento presente.

Por último, "¿Puede la estela impulsar el barco?".
Evidentemente, la respuesta es que no.

La estela, el ayer, no puede impulsar nada, porque fue creada con la energía pasada y no tiene ninguna fuerza en el momento presente. Sólo vemos el rastro, pero no sirve para nuestro ahora.

Aplicarlo a nuestro día a día, nos ayudará a vivir mejor y más intensamente el momento presente.


domingo, 10 de noviembre de 2019

DECÍDETE POR EL OPTIMISMO

Imagen de Roman Grac en Pixabay

“La mayoría de la gente es tan feliz como su mente quiere serlo” (Abraham Lincoln)

Insistir, persistir, no desanimarse… con frecuencia oímos estas palabras y con frecuencia creemos que no son para nosotros.

Nuestros problemas nos parecen únicos e imposibles de resolver.

Creemos que la mala suerte se ceba con nosotros, mientras nos parece percibir en los demás toda suerte de buenas oportunidades y momentos felices que a nosotros nos son negados.

Es verdad que la vida no es justa y que hay personas que soportan sufrimientos y reveses, y que otras no parecen padecerlos.

También conocemos a personas que han padecido adversidades en su vida y que, sin embargo, mantienen un ánimo equilibrado y siguen luchando por alcanzar el bienestar y momentos felices en su día a día.

¿Qué es lo que determina que algunas personas se sientan mejor que otras a pesar del sufrimiento inherente a la vida, que nunca es justa? La actitud es lo que diferencia a las personas que sienten bienestar de las que no. Esto es, intentarlo de nuevo a pesar de las dificultades e inconvenientes; pensar que un problema es solamente un problema, y no una cadena de dificultades que nos conducirán irremediablemente al abismo; pensar, en definitiva, que los problemas tienen solución de uno en uno. Y que a veces esta solución no es la perfecta, pero también vale.

Se trata de sentirse dueño de la propia vida e insistir, a pesar de los fracasos y errores cometidos. Hay que entender que un error es solamente un camino que no tiene salida, pero que hay otros. Hay que darse todos los días oportunidades: de aprender, de sentirse bien, de interesarse por cosas y personas, en definitiva, de seguir viviendo a pesar a de los pesares.

Esa es la actitud; la de decidirse por un optimismo inteligente con los pies en la tierra, pero disfrutando cada día del privilegio de seguir vivos y de poder escoger qué actitud tomar ante cada minuto de la vida.


domingo, 3 de noviembre de 2019

CEDER EN PAREJA

Imagen: Pixabay

Todo el mundo se cree cargado de razones. Y sus razones les parecen convincentes y absolutamente ciertas. Llegar a admitir las razones del otro cuesta mucho.

Generalmente, las personas se pierden en hacer juicios de valor para reafirmarse así en su postura. Sin embargo, una de las actitudes que mejores resultados da es la de ceder. En pareja, las inflexibilidades mentales no suelen dar muy buen resultado.

Aprender a ceder significa entender al otro y demostrar así el amor que se le profesa. Ceder no significa que el otro le convenza, significa que es capaz de flexibilizar su postura, y para conseguir un buen clima de armonía y un mejor encaje de la pareja, transigir y hacer lo que el otro quiere.

Las cesiones no suelen ser cuestión de vida o muerte, suelen ser cosas o situaciones cotidianas que no son tan vitales como para exigir a nadie mantenerse en posturas de cerrazón y rigidez, que conducen generalmente a enfados y distanciamientos progresivos del otro.

Por eso, ceder significa entender, flexibilizar y conseguir un mejor clima. De armonía y encaje, porque las cesiones suelen ser reciprocas: hoy yo, mañana tú.

Y significa entender que el que cede lo hace siempre por amor, por cariño y comprensión hacia el otro. Sea en la pareja, en la amistad, en la familia o en el trabajo.

Y que estas cesiones dignifican al que las hace y benefician al otro y siempre, siempre, nutren las relaciones.


domingo, 27 de octubre de 2019

PARA NO GENERARSE ESTRÉS

Imagen de Pepper Mint en Pixabay

Cuando pensamos en algo y le damos vueltas, centrando en ello nuestra atención, más crece ese pensamiento.

Lo que sentimos va en concordancia con eso que estamos pensando, de tal manera que si estamos pensando algo negativo, por ejemplo que tal persona se ha portado mal con nosotros por una acción llevada a cabo, y le damos y damos vueltas, iremos notando rabia, desazón y malestar, lo que refuerza lo que estamos pensando y continuamos dando vueltas a lo mismo en un perfecto circulo vicioso de malestar. Si algo nos resulta irritante podemos llegar a convertirlo en algo totalmente estresante simplemente con que pensamos en ello una y otra vez.

De esa manera, pueden molestarnos cosas nimias y pequeñas simplemente porque estemos pensando y centrando la atención en ellas y sintiéndonos mal.

Para conseguir niveles de bienestar adecuados, lo mejor es, una vez que pensamos en algo, por ejemplo, “mi vecino hace muchos ruidos”, descartar y dejar de pensar en ello, centrándonos en otras cosas, y no seguir rumiando esa idea y alimentándola para que crezca.

Si lo descartamos y lo dejamos pasar con calma, y si efectivamente el vecino hace mucho ruido, al centrar nuestra atención en otras cosas es más fácil que tomemos una decisión tranquila y acertada: hablar con ellos y decirles, por ejemplo, lo molesto de sus ruidos.

Si por el contrario nos centramos en ese pensamiento y le damos vueltas y vueltas, nos estaremos generando estrés y nos resultará imposible soportar los ruidos que hacen los vecinos y probablemente llegue un momento en que vayamos a quejarnos ante ellos de malas maneras…

No se trata de hacer como que las cosas o personas no nos tienen que molestar sino de no permitir que nos afecten o paralicen.

Y la manera de conseguirlo es, en vez de dar vueltas a los pensamientos una y otra vez, analizarlos, y resolver lo que haya que resolver, sin seguir generándose estrés.


domingo, 20 de octubre de 2019

LA VIDA NO ES UNA COMPETICIÓN

Imagen de Johannes Plenio en Pixabay

Muchas personas pasan sus días sintiéndose menos que los demás.

Se hablan mal, comparándose con otros y siempre saliendo como perdedores. Se creen menos que los demás; menos capaces, menos atractivos y se centran tanto en esas supuestas carencias que tienen, que van construyendo una imagen de sí mismos que siempre es peor, muy negativa, y que además creen irremediablemente que no podrán cambiar. Como si de algo inmutable se tratase o genéticamente predeterminado, creen que nunca van a ser tan felices, tan buenos, tan ocurrentes... como los demás.

Olvidan que los otros sienten probablemente lo mismo que ellos: se ven a sí mismos como imperfectos, limitados y menos que el otro que tienen enfrente… con lo que, paradójicamente, todos se sienten mal en sus comparaciones constantes con los otros.

¿Por qué caen las personas en esa comparación que arrastra a que los días de su vida se conviertan en un malestar casi continuo? ¿Por qué no son capaces de centrarse en ellas mismos, pudiendo ver al otro como lo que es, un ser humano exactamente como ellas mismas, con sus limitaciones, tristezas y alegrías?

Trabajar uno mismo el no compararse con los demás y centrarse en sí mismo, en su vida, es la pieza clave para librarse de estas ideas o creencias tan irracionales que nos hacen estar sufriendo en vano.

La vida no es una competición.

En todo caso, la única comparación válida es con uno mismo, porque... ¿para qué sirve compararse con el otro? ¿eso añade algo a mi vida? Generalmente lo que añade es malestar y tristeza. Así que apostar por uno mismo supone fijarse en lo que se quiere ser. Lo que quiere que su vida sea.

No hay que lamentarse por lo que no se tiene y por lo que nos parece que el otro sí tiene sino que hay que fijarse en uno mismo, y a partir de ahí dar los pasos necesarios para cambiar lo que se pueda cambiar y disfrutar de la vida aceptando lo inevitable y viviendo con gratitud.


domingo, 13 de octubre de 2019

AUTOMENSAJES NEGATIVOS


Imagen de Valentin Sabau en Pixabay

“Pero, por qué me siento mal, qué me pasa”; “No voy a poder, no soy capaz”; “Qué nervios, voy a suspender…”; “Qué mal, voy  a hacer el ridículo”… Estos y otros mensajes negativos acostumbramos a decirnos.

El lenguaje interno que mantenemos con nosotros mismos es muchas veces tan negativo que el miedo aparece y nos atenaza, impidiéndonos hacer cosas y sentirnos bien. 

Otras veces, acabamos haciéndolas, pero el malestar que sentimos mientras lo hacemos es tan grande que muchas veces perdemos la capacidad de disfrute o no nos merece la pena volver a intentarlo, al haber sufrido tanto.

Hay que ser conscientes de que  sí cómo nos hablemos, así nos sentiremos.

Sí, es así de fácil, y de difícil, en muchos momentos. 

Ser conscientes de ese lenguaje interno y ser capaz de adecuarlo a un lenguaje más equilibrado y justo, es el comienzo para conseguir hacerse dueño de su propia mente y sentirse bien.

No se trata de decirse o hablarse con frases vagas o carentes de razón o sin pisar el suelo. 

Se trata de adecuar, ajustando emocionalmente lo que nos decimos, a nuestra realidad, al mundo a veces irracional en el que nos toca vivir, sin perder de vista que también nosotros somos seres humanos, falibles, limitados, con los días contados y que nuestra mente es nuestra principal arma para sentirnos bien. 

Nos ahorraríamos gran parte de nuestro sufrimiento inútil si fuéramos capaces de detectar, cuestionar y cambiar nuestros automensajes negativos, convirtiéndonos así en nuestros aliados en vez de en nuestros propios enemigos.



domingo, 6 de octubre de 2019

PÉRDIDAS

Imagen de 이정임 lee en Pixabay

En el discurrir de la vida pocas veces somos conscientes de la fragilidad de la misma y de lo fácil que las cosas pueden cambiar de una día para otro.

Normalmente nos acordamos de esto cuando experimentamos alguna pérdida.

De personas a las que queremos y creíamos que siempre iban a estar ahí o de trabajos o situaciones que, por rutinarias, creíamos que iban siempre a suceder.

Darnos cuenta de la fragilidad de todo lo que nos rodea debería ser suficiente para intentar disfrutar más de todo lo que tenemos.

Ser más conscientes para abordar aquello que veamos que no va bien y que aparcamos mentalmente porque “ya lo pensaremos otro día”… y, cuando nos damos cuenta, ya es tarde. La persona ya no está, o ya es tarde para reparar lo que se vuelve irreparable, o para conservar aquello que por comodidad o desidia ya no tiene arreglo.

Perder es siempre doloroso. Nuestra mente racional tarda en asimilar la pérdida y pasamos por fases en las que nos negamos a creer que la pérdida es real.

Pero, poco a poco, también nuestra mente va haciéndose a la idea de que así va ser de ahora en adelante: hay que continuar solos, sin la persona con la que un día compartimos alegrías y tristezas y que ahora no está.

Pero la vida siempre empuja a seguir viviéndola.

Además, uno debe dejarse empujar por ella.

De nada sirve instalarse en la ausencia o empeñarse en no aceptar la realidad.

Se debe hacer un esfuerzo, sin duda.

No es fácil.

Pero siempre merece la pena seguir.

Uno debe darse la oportunidad de volver a ilusionarse, a ser feliz, a sonreír y disfrutar de la vida. De su propia vida.

Precisamente porque sabiendo que ésta es frágil y que todo puede cambiar bruscamente, la lección aprendida debe ser la de darse permiso para volver a vivir, para disfrutar.

Nunca hay que pensar que ya nada merece la pena y que todo se acabó.

Y así es como surgen nuevas oportunidades, nuevas personas y situaciones que van llenándole poco a poco. Rellenando las ausencias, poniendo parches al dolor de la pérdida.

Hasta que un día, casi sin darse cuenta, se recupera el bienestar.

La pérdida estará ahí siempre presente, pero suavizada con el bálsamo de los días y del empuje vital de seguir adelante.


domingo, 29 de septiembre de 2019

CONDUCIR LA VIDA

Imagen de Valentin Sabau en Pixabay
El que busca humillaciones y ofensas las encuentra en todos partes. La queja forma parte de su vida y está siempre de mal humor. La crítica es continua, y puede decirse que en cuanto abre los ojos por la mañana, ya está criticando o quejándose. De esta manera, su manera de pensar se convierte en hábito de pensamiento negativo, en el que la vida es cuesta arriba y terrible; aunque haya cosas buenas, no es capaz de verlas o las minimiza tanto sin poder disfrutarlas que, en realidad, cualquier motivación desaparece. Pero no porque tenga mala suerte o porque sea un perdedor, sino porque su hábito de pensamiento y su manera de enfrentar la vida es errónea. Él mismo se conduce a ese abismo de desesperanza y de negatividad. Y los días pasan y pasa la vida, y él sigue refunfuñando, quejándose y malviviendo.

Qué fácil es cambiar ese hábito; empezar a deshabituarse y convertirse en una persona que se automotive, que abra los ojos y empiece a pensar que tiene un día por delante en el que todo puede ocurrir, en el que va a cruzarse con personas agradables, otras no tanto, pero que como va a mantener un talante positivo, lo negativo perderá fuerza, no le hará mella.

Que fácil y qué pocas veces lo hacemos.

Propóngaselo. La suerte, en realidad, es poder sentirse bien. Y eso no depende de los astros ni de la fortuna, sino de la propia motivación, de la propia actitud que crea usted mismo en su interior y que le empuja a vivir su vida con plenitud.


domingo, 22 de septiembre de 2019

VIVIR AGRADECIDO

Imagen de Jörg Peter en Pixabay

El siglo de lo inmediato, de la baja tolerancia a la frustración, de las prisas y la felicidad a toda costa, de la permanente sonrisa.

De la permanente juventud.

De mostrar a todos el éxito en todo.

De la vanidad y la banalidad.

Así podríamos definir en mi opinión la época que nos toca vivir.

Sin embargo, todavía hay personas que se muestran agradecidas.

Que valoran cada día de su vida como un día más que les es concedido: con salud, con el cariño de los cercanos, con la amabilidad en el trato al conocido y al desconocido.

Todavía hay personas que se esfuerzan por ser optimistas de manera inteligente, con los pies en la tierra.

Que escuchan a sus emociones y son capaces de experimentarlas sin histerismo y con intimidad.

Todavía hay personas que son capaces de respetar al otro en cosas cotidianas y básicas como decir buenos días, mostrar amabilidad o cumplir determinadas normas, porque saben que hacen la vida fácil a todos.

Estas personas son las que mantienen la vida, el pulso de la razón que en realidad todos queremos llevar, pero que algunos son incapaces, por egoísmo o falta de reflexión, de llevar a cabo.

Insistir en ser ese tipo de persona, tolerante, cívica, donde la bondad y el respeto primen por encima de todo, tendría que ser una asignatura básica que debería aprenderse y desarrollarse a lo largo de toda la vida.


domingo, 15 de septiembre de 2019

COMUNICARSE MEJOR

Imagen de shell_ghostcage en Pixabay

Comunicarse no es simplemente hablar.

Creemos equivocadamente que las palabras se las lleva el viento y no es así.

En ocasiones se convierten en dardos envenenados que hacen mucho daño y que permanecen en la mente de la persona herida a veces toda la vida.

Comunicarse exige que tengamos al otro en cuenta. Decir o exponer lo que siento o pienso, pero siendo siempre asertivos.

Es decir, no agredir o ponerme a la defensiva, que lleva inevitablemente a que la comunicación se corte.

O permanecer pasivo sin decir nada ante lo que el otro me está diciendo, que conlleva siempre dosis de ansiedad alta porque no nos atrevemos a defender lo que queremos decir con las palabras, generándonos gran frustración y malestar interno.

Para comunicarse bien hay que pensar bien en lo que vamos a decir, y eso supone también pensar en las consecuencias que van a tener mis palabras. Reflexionar y no dejarse llevar por el primer impulso es un ejercicio necesario, que da madurez y consistencia a lo que decimos.

Hay que partir siempre del respeto profundo al otro. De darse cuenta de algo, en principio obvio, pero que se olvida demasiadas veces.

Que el otro, el que está enfrente es un ser humano que libra sus propias batallas, con sus tristezas y problemas y desde ahí, desde ese punto, intentar no ofender, ni herir.

Defender mi postura y explicar mis argumentos partiendo de ese respeto, pero exigiendo también que el otro respete. Es decir, que si yo intento hablar y la otra persona me corta, se burla, pone gestos despectivos, ahí deberíamos cortar la comunicación. Argumentar en ese momento que ante esa falta de respeto no voy a malgastar mi tiempo, ni mis argumentos, en hablar con alguien que no está en el mismo nivel.

Sí, sé que puede parecer presuntuoso, pero es así.

Para que la comunicación sea eficaz, hay que estar en el mismo nivel.

Y no me refiero al nivel intelectual o académico sino simplemente al más básico y sencillo: el del respeto. El de ver al otro como el ser humano que es. Aunque no me guste o no esté de acuerdo con lo que argumenta, que siempre merece la consideración y escucha que todos debemos tener ante un semejante.


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