ANALITYCS

domingo, 23 de enero de 2022

La ansiedad o el miedo a tener miedo


Imagen: Pixabay

Frecuentemente, cuando tenemos ansiedad vivimos en un estado de alerta continuo.

Como si tuviéramos que estar pendientes de un peligro inminente, que en realidad no es real. De tal manera que nuestra mente está siempre sujeta a una autobservación negativa, pendiente de síntomas de agobio que van desde taquicardias a dolores de cabeza o temblores, sudoración, pequeños mareos...

Todo ello es indicativo de una activación de nuestro sistema nervioso que, estrictamente, no obedece a nada real, puesto que seguimos llevando una vida normal y enfrentándonos a nuestro día a día. Sin embargo, al tener ansiedad, aparecen los miedos. Miedo a que me pase algo, a perder el control, a creerme que suceda lo peor, como volverme loco o hacer algo fuera de control… El miedo nos atrapa y nos tortura, y así empezamos a meternos en un círculo vicioso en el que tenemos miedo a tener miedo y a que se disparen los síntomas de la ansiedad y a que suceda la muerte o la locura.

Ninguna de estas dos cosas sucede nunca. La ansiedad es muy incapacitante, pero, realmente, cuando se le pierde el miedo, lo que se consigue es dominarla, perder el pánico a los síntomas, que empiezan a disminuir hasta desaparecer y poder volver a controlar nuestro bienestar.

Perder el miedo a tener miedo supone ser capaces de distinguir el miedo real, aquel que nos protege de peligros reales, de ese otro miedo que no obedece más que a una activación de nuestra mente y que no provoca nunca nada más que malestar.

Aceptar que tengo ansiedad, no reprochármelo ni enfadarme por tenerla, y perderle el miedo serán los primeros pasos para empezar a dominarla y empezar a conseguir que todos esos síntomas, tan incomodos, desaparezcan.


domingo, 16 de enero de 2022

VOLVER A ILUSIONARSE

Imagen de AliceKeyStudio en Pixabay

Después de una ruptura, rara es la persona que no ve su autoestima mermada.

Los sentimientos de abandono en ocasiones son muy fuertes, y uno tiende a considerarse imperfecto: no suficientemente atractivo, no suficientemente locuaz o entretenido… con automensajes que pueden llegar a ser muy desvalorizadores.

Sin embargo, pocas veces aceptamos que, realmente, que nos dejen o dejemos, forma parte de todas las relaciones interpersonales. Así, vamos dejando amigos por el camino de la vida, porque evolucionamos de manera diferente o simplemente porque el contacto se pierde.

La vida en constante cambio y evolución hace que también cambiemos, querámoslo o no, y que la persona con la que estemos en un momento y con la que antes congeniábamos, ahora no. A veces nos dejan, a veces dejamos.

Lo cual no quiere decir que dejemos de ser personas interesantes o capaces de volver a enamorarnos y disfrutar.

La mayoría de las veces, cuando nos damos permiso para hacerlo, encontramos a otra persona que nos hace vivir de nuevo con ilusión.

Solamente hay que permitírselo. Y menos mal que es así, ¿se imaginan sí solamente en la vida pudiéramos enamorarnos una vez y que estuviéramos condenados a estar en esa relación?

No quiere decir que no haya que comprometerse. Pero hay que ser realistas: hay amores que duran toda una vida, otros unos años y otros apenas unos días.

De cualquier manera, a pesar del dolor que se experimenta tras la ruptura, hay que centrarse en saber que no se trata de carencias que uno tiene, ni que se carezca de tal o cual atractivo sino simplemente de que el amor se ha agotado y que el corazón se fortalece con la pérdida para volver a encontrar otro corazón con el que seguir viviendo feliz.




domingo, 2 de enero de 2022

PENSAR BIEN PARA VIVIR MEJOR



Imagen: Pixabay

Hace muchos siglos, Epícteto, filósofo griego de la escuela estoica, dijo que las personas nos perturbábamos no por los sucesos que nos ocurrían sino por la interpretación o visión que teníamos de ellos. Pero, cómo no perturbarse ante injusticias tremendas que vemos todos los días o ante sufrimientos terribles que nos ocurren a las personas a lo largo de nuestra vida. Cómo no perturbarse o sufrir por la muerte de un hijo o la pérdida de personas a las que queremos, la pérdida del trabajo o la tristeza porque una relación afectiva no sale adelante… Efectivamente, hay acontecimientos a lo largo de nuestra vida que son adversidades, entendiendo por éstas sucesos traumáticos, tremendamente dolorosos e injustos, que nos toca soportar.

La vida no es justa y es difícil. El pensamiento buenista de que todo el mundo es bueno y de que todo es estupendo y de que siempre vendrán cosas buenas, un pensamiento mágico tan propio de esta “época Disney” que vivimos, no es verdad.

En este punto, es importante destacar la gran capacidad que tenemos las personas de sentirnos bien, siempre que pongamos nuestro cerebro a trabajar a nuestro favor, siendo los artífices de nuestro bienestar, independientemente de las circunstancias o, mejor dicho, a pesar de ellas. Porque, si bien la vida tiene grandes tragedias, no es menos cierto que tiene también muchas alegrías y momentos estupendos. Y como se trata de que, ya que estamos aquí y nuestra vida es limitada, disfrutemos y sepamos vivir bien, ese tiene que ser nuestro principal trabajo.

No se trata de tener más y más cosas materiales, algunas necesarias, sino de alcanzar ese estado interior de bienestar y serenidad que es el que nos va a dar fuerzas para afrontar los momentos malos que tenemos en la vida, que nos va a permitir aceptar aquello que no podemos cambiar y seguir adelante.

Las personas, en general, pensamos mal. Todos tenemos un lenguaje interior con el que continuamente nos estamos planteando y diciéndonos cosas. Los pensamientos fluyen en nuestro cerebro a gran velocidad. Siempre estamos pensando algo. Pueden ser pensamientos neutros, pensamientos negativos o positivos, pero siempre hay pensamientos en nuestra cabeza. No podemos dejar de pensar, pero sí podemos elegir lo que pensamos. Y ahí está la clave.

Cuando nos sentimos mal, muchas veces pensamos en remedios externos confiando en que tomando tal o cual pastilla, o haciendo tal o cual actividad, nos encontraremos mejor. Pero, ¡qué pocas veces tomamos realmente conciencia de la fuerza que tienen nuestros pensamientos para sentirnos bien!

Si fuéramos capaces de creer que nuestra mente realmente la manejamos nosotros y si fuéramos capaces de interiorizar la importancia que tienen nuestros pensamientos en nuestro bienestar y, por lo tanto, en todas las dinámicas mentales, seríamos más conscientes de que para sentirnos bien y vivir con serenidad, lo realmente importante es pensar bien.

Algunas veces nos dejamos engañar por la creencia de que ya somos conscientes de lo que estamos pensando en cada momento, pero no es así. Los pensamientos son automáticos y van y vienen, a veces casi imperceptiblemente, sobre todo cuando nos encontramos mal, porque la emoción nos inunda y no somos capaces de separarla y de pensar con claridad.

Es muy importante darse cuenta de qué estamos pensando en cada momento. Pensemos en cosas cotidianas; por ejemplo, no somos conscientes de que respiramos y si ahora les señalo que se centren en su respiración, probablemente se obliguen a parar y pensar en ella; hasta el momento en que he escrito esto, no eran conscientes de que estaban respirando. Así funciona el pensamiento. Hasta que no somos conscientes de qué estamos pensando, resulta fácil olvidarnos de que los pensamientos están ahí y de que estamos rumiando mentalmente; es como si se hicieran invisibles. Olvidarnos de qué estamos pensando genera muchas veces ira, ansiedad, infelicidad y estrés. ¿Por qué?

Porque los pensamientos siempre provocan esas emociones desagradables y siempre volverán en forma de esas sensaciones de malestar que tanto nos hacen sufrir. Por ejemplo: intente enfadarse y ponerse iracundo sin tener pensamientos de enfado; intente generarse ansiedad sin pensar en algo que la provoque, ¡es imposible! Siempre, para tener una emoción o sensación, antes hay que tener un pensamiento que provoca esa emoción.

Cuando somos infelices, son los pensamientos acerca de nuestra vida, de lo que nos sucede, de los acontecimientos del día a día, lo que nos provoca esa infelicidad. En ausencia de esos pensamientos, la infelicidad, el estrés o la ansiedad, no existen. Lo que hace que persistan las sensaciones negativas son siempre, siempre, los pensamientos.

Nuestra mente funciona con una serie de ideas irracionales aprendidas desde que éramos niños y condicionadas también culturalmente; estas ideas llegan a convertirse en creencias con las que funciona nuestro cerebro a lo largo de la vida. Como si fueran verdades inamovibles, incuestionables, nos generan mucha infelicidad. Son pensamientos que damos por descontado que tienen que ser así y que no nos cuestionamos, generándonos malestar. Así, por ejemplo, creemos que debemos ser amados o aceptados por las personas para nosotros significativas, en lugar de concentrarnos en nuestro propio autorespeto. También creemos que es terrible y catastrófico que las cosas no sean como nosotros queremos que sean o como pensamos que deberían ser, en lugar de pensar que es lamentable que las cosas no sean como queremos que sean y concentrarnos en cambiar las circunstancias para conseguirlo y, si no es posible, aceptarlo, en lugar de repetirnos lo horrible que es lo que nos sucede. Nos obcecamos pensando que las cosas desagradables no deberían existir, en lugar de pensar que la vida no es justa y que, en ocasiones, lo importante no es tanto lo que ocurre como la percepción e importancia que como humanos damos a esto que sucede.

Pensamos también que se necesita a alguien más fuerte y mejor que uno mismo en quien confiar, en lugar de pensar que es mucho mejor confiar en uno mismo, ya que uno siempre va a estar consigo mismo, y es mejor confiar en nuestras propias capacidades para enfrentarnos a las situaciones difíciles de la vida. Nos torturamos mentalmente pensando en que como algo afectó con dureza a mi vida en el pasado, debería seguir afectándome toda la vida indefinidamente, en vez de aprender de las experiencias pasadas. No es infrecuente que pensemos que la felicidad humana llega por inercia, suerte o solamente si nos toca la lotería, pero, en realidad, las personas somos más felices cuando estamos activos, y aspiramos a conseguir nuestros proyectos.

Analizar los pensamientos negativos, dándonos cuenta de qué errores de pensamiento, qué ideas irracionales tenemos, y sustituirlos por pensamientos más realistas es el trabajo que tenemos que hacer para empezar a pensar bien. Cuando no sentimos mal es importante pensar en qué estamos pensando, porque generalmente es algún pensamiento catastrofista el que estamos teniendo en ese momento.

Estudios llevados a cabo recientemente en EE.UU. dicen que la preocupación por lo que pueda suceder se nos graba en el cerebro igual que si hubiera ocurrido de verdad; a esto se le llama el circuito del miedo. Para desactivarlo, debemos centrarnos en lo que ocurre aquí y ahora. Si dejamos de ocupar nuestra mente con pensamientos negativos hacia el futuro y nos centramos en el presente de forma positiva, romperemos ese circuito del miedo.

Le propongo que realicen diariamente este ejercicio:

. En el momento en que se sienta mal, desanimado, nervioso y confundido, intente cazar los pensamientos que hay en su cabeza.

. Anótelos y vea lo irracional de los mismos; si está usted personalizando, dramatizando, adivinando el futuro, etc.

. Utilice el Método Socrático, con el que puede hacerse preguntas que revelen las contradicciones o falta de coherencia de lo que está pensando.

. En lugar de rebajarse hablándose internamente de forma condenatoria, trátese con el mismo respeto y sentido humanitario con el que trataría a los demás.

.  Piense en el problema evaluándolo en una escala de uno a cien, no en términos de todo o nada. Mire los matices de grises.

Dramatizamos continuamente, y como nuestro cerebro está continuamente funcionando y continuamente estamos pensando con frecuencia de manera casi inconsciente, nos generamos una gran cantidad de pensamientos dramatizadores que nos producen un gran malestar. Solamente pararse a pensar en lo que estamos pensando y pasarlo por el cedazo de la razón, es suficiente para sentirnos mejor. También es importante dejar de hacer las mismas conductas que no nos proporcionan bienestar. Si quiere cambiar tendrá que dejar de hacer lo que está haciendo, porque es evidente que no da resultado. La inactividad tampoco ayuda.

Cuando somos capaces de pensar con calma, sin dejarnos llevar por el pánico, y ver realmente qué estamos pensando, ya estamos desactivando el pensamiento negativo. Cuando nuestros pensamientos cambian, cambia el mundo que nos rodea. El mundo se convierte, de este modo, en un reflejo de nuestras creencias o nuestros pensamientos. Debemos ser conscientes de qué pensamientos creencias o prejuicios nos limitan y nos causan infelicidad. Y recuerde que, a pesar de los momentos duros de la vida, siempre hay razones para seguir adelante, porque, como dijo Nietzsche, “aquel que tiene un porqué para vivir, puede enfrentarse a todos los cómos”.

 
 

domingo, 26 de diciembre de 2021

EFECTO BOLA DE NIEVE



Imagen: Pixabay

A lo largo de las horas de un día podemos tener multitud de pensamientos en nuestra cabeza, y muchos de ellos son negativos. Pueden llegar a ser hasta 50.000 pensamientos diferentes que tienen un curioso efecto: actúan en nuestra cabeza como una bola de nieve; es decir, empiezan siendo pequeños: dudas acerca de nuestra acción, de nuestra valía… y, de repente, empiezan a deslizarse montaña abajo mentalmente, a toda velocidad, de tal manera que ya no solamente dudamos de nuestra valía, por ejemplo, sino que tenemos los pensamientos más negros acerca de nuestro futuro, de que vamos a estar siempre solos, de que las cosas nos saldrán irremediablemente mal, hagamos lo que hagamos… Así hasta convertirse en una bola gigantesca que inunda nuestra mente y nos sume en un estado ansioso depresivo en el que la visión del día se torna muy gris y en el que el malestar tiñe todo lo que hacemos o nos sucede.

Pero olvidamos que los pensamientos, cualquier pensamiento, no son más que eso: pensamientos. Nosotros los producimos y nosotros podemos librarnos de ellos. Podemos concederles importancia y sentirnos irremediablemente infelices o podemos luchar y librarnos de ellos, con lo que nos sentiremos mejor.

Debemos evitar ese efecto bola de nieve y, en cuanto aparezca en nuestra mente el pensamiento negativo, analizarlo, desdramatizarlo y deshacerlo, evitando que se haga más grande porque, entonces, será más difícil hacerle frente.

Usted tiene la libertad para elegir a qué pensamientos hacer caso, prestar atención, y a cuáles no. Si se hace caso omiso de los pensamientos negativos, los descartamos enseguida, desaparecen de la mente e inmediatamente nos encontramos mejor.

Practique. Y evite que la bola minúscula de nieve arrase su mente y se convierta en un alud.


domingo, 19 de diciembre de 2021

PARA CONTROLAR LA ANSIEDAD


Imagen: LTPV

Cuando padecemos ansiedad, nuestro cuerpo y nuestra mente viven el día a día atrapados en un malestar continuo.

Notamos una sintomatología física que nos pone en duda continuamente, temiendo que suceda lo peor: nuestro corazón se acelera con taquicardias, temblamos o notamos un malestar generalizado, sensaciones de despersonalización, como si nuestro cuerpo fuera algo ajeno a nosotros mismos… y así una serie de muchos síntomas que nos hacen sufrir.

Como estamos asustados, pensando en que nos va a ocurrir algo terrible, no dejamos de auto-observarnos y de estar pendientes de nosotros, y cada pequeño cambio corporal es interpretado como algo alarmante que presagia algo todavía peor.

Nuestro sueño se altera, perdemos el apetito y nuestra vida se ensombrece.

Cada día es una lucha por enfrentar las horas y los minutos. Nuestros pensamientos se cierran en un círculo de reproches y de dudas hacia nosotros mismos, hacia nuestra capacidad de poder salir y coger las riendas.

Perdemos confianza en nosotros mismos, consideramos que somos débiles e incluso que vamos a caer en la locura.

Nada de esto sucede. El círculo de la ansiedad se puede romper y salir de él.

No es fácil, pero con tesón y práctica se consigue eliminar toda la sintomatología física y psicológica para volver a recuperar el bienestar.

Así, será importante seguir estas pautas:

* No tener miedo. Por muy mal que se sienta, no va a suceder nada malo. En el momento en que se calme y sea capaz de darse cuenta de que puede y que va a enfrentarse a la ansiedad, empezará a salir de ella.

* Deje de auto-observarse. Cuando más lo haga, peor se sentirá. La auto-observación aumenta los síntomas y refuerza los pensamientos de que algo terrible me está sucediendo.

* Hágase amigo de la ansiedad. Siéntela a su lado, y dígale que no le tiene miedo, que es desagradable y pesada, pero que no le va a hacer caso. Es en ese momento cuando notará que empiezan a disminuir la frecuencia e intensidad de los síntomas.

* Vuelva a valorarse y a considerarse una persona sana, equilibrada y capaz. Simplemente, está pasando un bache. Eso no le convierte en alguien incapaz. Así que deje de auto-compadecerse y quedarse atrapado en la observación de sus síntomas y póngase a combatir la ansiedad.

* Vuelva a sus rutinas diarias. No deje de hacer cosas por miedo o pensando en que se pondrá peor. La anticipación es lo peor para usted y lo mejor para seguir estando ansioso.

* Considere esta etapa, como una buena fase para aprender más de sí mismo y poder confiar más en usted. No se culpe.

* Cuanto menos miedo tenga a los síntomas, menos los notará y acabaran desapareciendo.

Ya sé que es difícil. Pero nadie por los síntomas de la ansiedad ha perdido el control o la cabeza. Acéptelos y déjelos estar ahí, pero sin que le impidan llevar a cabo sus rutinas y quehaceres diarios.

* Valore cada pequeño paso que dé. Recuerde que los grandes cambios empiezan siempre con pasos pequeños.


domingo, 12 de diciembre de 2021

DUEÑOS DE NUESTRA VIDA



Imagen: Pixabay

Leer las “Meditaciones”, de Marco Aurelio, que fue un emperador romano del siglo II d.C., es leer probablemente, el primer libro de autoayuda.

Marco Aurelio, formado en el pensamiento estoico, nos hablaba ya entonces de las dificultades de la vida, de la fuerza que hay que tener para afrontar la misma y de la importancia de vivir el presente, el momento único que realmente tenemos, sin preocuparnos por el futuro y dejando atrás el pasado.

Su filosofía se basada en la idea de que dada la dureza de la vida, teníamos que estar preparados para poder enfrentar las adversidades y dificultades que en cualquier momento pudieran aparecer. Para ello, para estar preparados, era necesario fortalecer el espíritu y tener una mente fuerte. Lejos de ser un pesimista, Marco Aurelio nos animaba a vivir intensamente cada día porque realmente la verdadera recompensa era, precisamente eso, vivir la vida.

Para fortalecernos mentalmente nos aconsejaba, por ejemplo, que nos supiésemos siempre más que cualquier posesión, cargo o lugar en el que estemos. También, que tuviéramos presente que, hasta la persona más relevante, famosa o popular, es olvidada, con lo que perderse en vanidades y necesitar el aplauso de los demás era un camino baldío que no había que recorrer.

Deberemos intentar también ser mejores cada día y disfrutar de cada momento como si fuera el último, sin preocuparnos de la huella que dejemos o de las dificultades que aparezcan.

Tomar las cosas con calma y no dejarnos llevar por las emociones sin utilizar la razón. Pensar en cada acto antes de realizarlo,  convirtiéndonos en dueños de todo lo que hacemos y, por lo tanto, siendo responsables de nuestra propia vida.

Utilizar bien nuestro tiempo supondrá siempre invertir en el futuro, de una manera sensata y realista, y de esa manera poder alcanzar nuestras metas.

Marco Aurelio fue, según cuentan los historiadores, un emperador equilibrado e intelectual. Lo que nos dejó puede convertirse en un decálogo de vida tan actual entonces como tantos siglos después.

Saberse dueño única y exclusivamente de eso tan preciado que es nuestra vida, supone conducirla por donde nosotros queremos ir. Siempre con responsabilidad y esfuerzo, porque nada es fácil. Pero la satisfacción de vivir siempre será el más preciado regalo que tengamos.


domingo, 5 de diciembre de 2021

RESISTENCIA AL CAMBIO


Imagen: Pixabay

Con frecuencia oímos a otros decir: "Yo soy así y no puedo cambiar", como si nuestra manera de actuar y de ser fuera algo inmutable y, sobre todo, que escapase a nuestro control.

Resistirse a cambiar determinados hábitos, tanto de conducta como de pensamiento, esconde con frecuencia muchos miedos a qué habrá detrás de esos cambios; esconde también no poca inseguridad en uno mismo y en la percepción de que nuestra vida nos viene "dada". Nuestra manera de ser sería así, "de nacimiento", y no habría nada o casi nada en lo que podríamos intervenir.

Sin embargo, a lo largo de nuestra vida, tales cambios se van produciendo constantemente, no solamente en nuestras conductas cotidianas, sino también en nuestra manera de pensar.

Además, es bueno cambiar, sobre todo si eso supone crecer, deshacerse de viejos y malos hábitos, y reflexionar; hay que recordar que los cambios provocan nuevas adaptaciones y eso es lo que vamos haciendo a lo largo de la vida hasta que morimos: ir adaptándonos a las diferentes circunstancias que se nos van presentando.

Es frecuente en la consulta aconsejar a las personas que hagan cambios en sus hábitos, con el fin de encontrarse mejor. Esto, que puede parecer sencillo, en algunas personas supone un gran esfuerzo, porque se ven incapaces de llevarlo a cabo, anticipando que no van a poder, generándose expectativas derrotistas que, indefectiblemente, se cumplen, anclándose en esquemas irracionales de pensamiento y comportamiento.

Pero si uno piensa que uno mismo es el artífice de su vida, que su trabajo principal es dirigirla, dichos cambios empiezan producirse. Ahora bien, estos cambios deben hacerse de manera paulatina, poco a poco. Imagínense una escalera y que usted empieza a subir un primer escalón; empiece por lo más fácil para, poco a poco, ir subiendo más peldaños.

Introduzca un primer cambio pequeño en ese hábito nuevo que quiere adquirir: descomponga la conducta nueva en pequeños pasos y comience a darlos.

Recuerde que nadie se desembaraza de un hábito de golpe. Normalmente, esos cambio no son duraderos: hay que ir dando pequeños pasos, mas fáciles de enfrentar pero también más firmes. Y practique y practique sin olvidarse premiarse y reconocer sus logros.



domingo, 28 de noviembre de 2021

AGOTARSE MENTALMENTE



Imagen: Pixabay

Nuestra mente está siempre funcionando. Los pensamientos van y vienen continuamente. Unos son pensamientos disruptivos, recurrentes, negativos, que nos provocan destrucción y desgarro. Otros pueden ser positivos, necesarios, esperanzadores y resolutivos.

No podemos dejar de pensar, y muchas veces los pensamientos nos azotan, provocándonos mucho malestar y pareciéndonos que no podemos hacer nada para evitarlos. Vienen una y otra vez, de manera recurrente, como si quisieran mortificarnos y no podemos parar de pensar.

De esta manera, nos sentimos agotados mentalmente, como si una tormenta se desencadenase en nuestra mente. Nos cuesta centrarnos en nuestras cosas y con frecuencia el sueño se ve alterado. También el apetito. No disfrutamos de lo que vivimos en el momento porque nuestra mente está ocupada en dar y dar vueltas a pensamientos negativos que nos laceran.

Todos tenemos pensamientos negativos y dichos pensamientos nos sumen generalmente en la tristeza y en la negrura, nos hacemos preguntas que no tienen respuesta y nos mortificamos como si girásemos en círculos viciosos, de los que no podemos salir.

Sin embargo, está en nuestra mano el poder pensar de otra manera. No podemos dejar de pensar, pero sí podemos elegir lo que pensamos.

Cuando nuestros pensamientos son positivos es como si saliera el sol. Nos sentimos contentos, sin ansiedad, satisfechos con lo que tenemos y la vida que llevamos, a pesar de ser conscientes de los problema o limitaciones. Aumenta nuestra atención y nuestra capacidad resolutiva, y enfrentamos mejor adversidades y problemas cotidianos. El pensamiento positivo no es el pensamiento buenista, tan en boga hoy en día. Es un pensamiento firmemente anclado en la realidad, con los pies en la tierra. Son pensamientos que se centran más en lo que tenemos, en lo cotidiano. Es un pensamiento que no dramatiza, ni tampoco anticipa posibles desgracias, que posiblemente, no ocurran. Al centrarse en el aquí y ahora, soluciona, resuelve y nos hace disfrutar. Son pensamientos muy prácticos y creativos, porque nos empujan siempre a seguir adelante, a explorar nuestros recursos, algunos de los cuales desconocemos que tenemos y nos proporcionan, en fin, serenidad. Además, fortalecen nuestra estima personal, al sentirnos dueños de nuestra propia mente, decidiendo qué pensar y por qué y qué apartar y dejar. Hay unos pensamientos negativos especialmente dañinos y son los que nos atan al pasado. No llevan a ninguna parte y nos agotan.

Cambiar el rumbo hacia pensamientos más positivos y prácticos se consigue preguntándose y reflexionando sobre si esto que estoy pensando y que me produce malestar, me conduce a algún propósito: ¿Qué consigo con este pensamiento? ¿Qué voy a solucionar?

Cuestionárselo y responderse conduce a cambiar de rumbo cuando vemos que esos pensamientos son inútiles y por lo tanto hay que coger el rumbo de pensar en algo más constructivo y positivo.

No utilizar tiempos verbales condicionales, ya sea referido al pasado o al futuro, es una estrategia que también da resultado. Por ejemplo: “Si hubiera estado ahí en aquellos momentos… si hubiera tenido esa información…” Este tipo de juicios no son útiles, debilitan y agotan.
No se trata de dejar la mente en blanco, sino de generarse pensamientos positivos, creativos e inspiradores, que sean beneficiosos.

Las reflexiones positivas fortalecen la mente y la revitalizan. Suelen ser reflexiones que se basan en valores, en ser agradecidos, en valorar lo que se es y lo que se tiene.

Y siempre, siempre, una mente agradecida es una mente descansada y feliz.


domingo, 21 de noviembre de 2021

LA BUENA VIDA



Imagen: Pixabay

No hay objetivo más importante en la vida que conseguir la serenidad interior.

Con frecuencia, nos decimos: “si trabajo más duramente, podré acceder a tal o cual cosa que quiero poseer” o “debo de estar siempre alerta, porque esta vida es como la selva y en cualquier momento me encontraré a alguien que intentará aprovecharse de mí”…

La desconfianza tiñe a menudo nuestro día a día, con dosis de estrés y de tensión que hacen que los días se conviertan en una especie de competición o lucha diaria, que se vive con mucho desagrado.

Vivir en la abundancia, acosados por preocupaciones, recelos y dudas, no merece realmente la pena.

Realmente, progresar en la vida supone liberarse de la confusión interna que muchas veces padecemos.

Para ello, hay que centrarse bien en el objetivo de querer pasar cada día con una mayor serenidad y paz interior.

Hay que intentar empezar por autocontrolarse e intentar dar importancia en el día a día a las cosas que realmente la tienen.

Hacer frente con calma a los inconvenientes diario nos proporciona un poso de serenidad interior que será el que nos hará enfrentarnos a las adversidades con una mayor fuerza y resiliencia.

No es necesario enfadarse o agobiarse por las cosas que no nos atañen y mucho menos aún por aquellas que todavía no han ocurrido.

La anticipación negativa conlleva unas dosis tan altas de sufrimiento, que con frecuencia nos desbaratan, procurándonos un estado de ánimo interno muy negativo que nos deja sin fuerzas y que nos hace pasar los días como un calvario, acuciados y asustados por problemas que no han ocurrido de momento.

Por lo tanto, recuerde que una buena vida es aquella en la que la serenidad interior guía los actos y conductas externas y en la que, sabedores de la finitud de la vida, nos centramos en el aquí y ahora, sin esperar del mañana más que una mayor tranquilidad.



domingo, 14 de noviembre de 2021

SABER CÓMO ME SIENTO



Imagen: Pixabay

Algunas personas que acuden a mi consulta nunca han contado a nadie nada de lo que les aflige. No se ven capaces de expresar su malestar, ni siquiera a su pareja, a un buen amigo o a alguien también cercano. Tienen miedo de que se les tache de tontos o de locos.

Por eso, es frecuente que, en las primeras sesiones de la terapia, resulte especialmente liberador tener un espacio en el que poder hablar libremente de los miedos, ideas o emociones negativas que generalmente se reprimen y que generan mucho malestar.

Dice Boris Cyrulnik, experto en situaciones traumáticas y de maltrato, que es fundamental aprender a expresar las emociones en lugar de esconderlas. Y que este debería ser un aprendizaje que tendríamos que llevar a cabo desde la infancia.

Aprender a expresar las emociones supone previamente que somos capaces de identificarlas, porque no es infrecuente encontrarse con personas que padecen un malestar general, que describen como una especie de nebulosa en la que viven todos los días, que no saben a qué se debe, sin encontrar un motivo aparente para sentirse mal. Otras personas dicen “no estoy pensando en nada, realmente mi mente no está machacándose con ningún pensamiento, pero me siento fatal…”. Es muy importante saber que siempre tenemos nuestro cerebro en funcionamiento y que los pensamientos fluyen automáticamente; lo que ocurre es que, en ocasiones, lo hacen tan rápida o tan automáticamente que no somos conscientes de ellos.

Para la persona que teme enfrentarse a sus propias ideas y mucho más, decirlas, quizás las propuestas de pararse a pensar en lo que se está pensando, analizar esos pensamientos, por terribles que le parezcan, tomar distancia de ellos y analizarlos bajo el prisma de la realidad, puede parecer algo difícil. Pero les aseguro que constituyen algunas de las herramientas más eficaces para sentirse bien, pues supone analizar y reflexionar sobre qué es lo que esta causando el dolor y por lo tanto supone también el primer paso para poder modificar ese pensamiento.

Aunque internamente nuestra voz negativa nos diga: “No lo digas, vas a hacer el ridículo, te van a criticar“, no haga caso. Atrévase y piense en aquello que le atormenta, analícelo y expréselo. A partir de ahí, se sentirá mejor y se verá más capaz de reflexionar sobre si, verdaderamente, lo que le causa malestar es tan terrible, o puede usted tomar una postura más activa y cambiarlo.

Recuerde lo que decía Montaigne: "La verdadera libertad es poder ejercer el control sobre uno mismo”.


 
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