ANALITYCS

domingo, 17 de septiembre de 2017

INSISTIR EN LO BUENO


Veo un vídeo en el que una psicóloga americana habla de lo difícil que nos resulta dejar de pensar en el fracaso o en aquello que nos ha salido mal, dando vueltas una y otra vez a esa frustración y dejando de lado todo lo bueno o lo positivo que nos ha sucedido ese día.

Quizás siglos de insistencia desde el punto de vista educativo, religioso y social acerca de lo terrible que es cometer errores, fracasar, o que no salgan las cosas como deseamos, ha podido crear una hábito cognitivo con el que nos flagelamos mentalmente, atascándonos en lo malo y negativo y obviando lo bueno o positivo.

Aparece el sentimiento de culpa, junto con el de baja autoestima e infravaloración, que nos paraliza y nos lleva a dar vueltas a nuestras debilidades e incapacidades, quitándonos no solamente motivación para cambiar, sino bienestar e incapacitándonos para una visión global de lo que realmente somos e incluso de lo que ha sido ese fracaso, en realidad.

Porque sí, claro que nos salen las cosas mal; claro que tenemos frustraciones y cometemos errores. Pero también es verdad que casi nunca por ello se acaba nuestro mundo, que equivocarse nos hace día a día más humanos y también más sabios, porque estando atentos aprendemos de nuestros fallos y errores y mejoramos como personas.

Dramatizar nuestros errores, generalizando, y convirtiendo el fallo cometido en una condena de por vida con nuestro continuo rumiar de pensamientos nos lleva a paralizarnos y a hundirnos.

Pero ¡cuidado! Tampoco se trata de sacárselo mentalmente a la ligera y de manera buenista decir ”va, no pasa nada”, a la ligera y frívolamente. Lo que se trata es de hacer una reflexión profunda y ver realmente qué ha pasado y en qué me he equivocado para, a continuación, aprender e intentar mejorar.

Recrearse mentalmente en todo lo bueno y gratificante que hemos hecho u obtenido en el día. Ser agradecidos a nosotros mismos por nuestro buen hacer, y a la vida por aquello bueno que nos ha ofrecido ese día, nos conducirá a crearnos un hábito de pensamiento que nos dará serenidad.





domingo, 10 de septiembre de 2017

RENCOR


La mayoría de las veces que sentimos rencor por alguien, pensamos que al sentirlo de alguna manera la persona que nos hirió sale perjudicada.

Tenemos la idea equivocada de que al no perdonar, al sentir la rabia por aquella situación o persona que nos hizo daño, de alguna manera le perjudicamos y le damos su merecido.

Pero nada más lejos de la realidad.

La culpa, el remordimiento, el no perdonar y mantener la ofensa viva en nuestra mente hace que solamente nosotros mismos nos sintamos mal.

El hecho doloroso pasó, aquello que nos hicieron pudo ocurrir hace mucho tiempo… y mantenerlo vivo en nuestro corazón a fuerza de darle vueltas y pensar en ello, solamente nos perjudica a nosotros mismos.

No se trata de olvidar las ofensas padecidas, misión por otra parte imposible. Todos somos conscientes de aquello que nos hizo daño, de lo mal que se portó con nosotros tal o cual persona y de aquello que nos hirió dejando en nuestro corazón una profunda huella.

Pero de ahí a estar dándole vueltas como si el hecho en sí o la afrenta hubiera ocurrido hoy mismo, solo conduce a una agonía cotidiana que produce mucho malestar.

Reconcíliese con el mundo y “aparque” a aquellos que le hirieron. Busque el acercamiento con aquellas personas o situaciones que le dan paz. Aquellas personas o acciones que al tenerlas cerca o hacerlas, le dan serenidad. Piense que, por su parte, lo más importante no es estar recreándose en la ofensa padecida sino en el bienestar diario que tiene que conseguir.

De la misma manera, perdónese por sus errores y meteduras de pata, por aquellas conductas que igual perjudicaron a alguien o que no estuvieron bien. La motivación personal ancla su acción en el perdonarse a sí mismo porque eso es lo que le permite avanzar.

Y deje de rumiar el pasado. Aquello sucedió, no hay manera de cambiarlo y solamente de usted, no del hecho en sí, depende el que éste no se convierta en una losa que le condicione el presente y vaya creando un futuro de amargura.

Perdonar al otro y perdonarse a sí mismo es crecer, limpiar, y en definitiva, seguir viviendo.




domingo, 3 de septiembre de 2017

UNA BUENA ACTITUD


Todos tenemos una determinada actitud hacia cuanto nos rodea.

Sean personas o el conjunto de situaciones que nos toca vivir en el día a día, todo ello se ve a través del cristal de nuestra actitud.

Los hechos ocurren. Los acontecimientos se suceden, y será nuestra actitud la que haga que unos y otros vayan conformando nuestro mundo, nuestro día a día, y además también nuestra manera de enfrentarnos al mismo, así como las diferentes emociones que experimentemos.

La actitud es algo que todos hemos aprendido. Se basa en el conjunto de creencias que vamos conformando a lo largo de nuestra vida. En parte, estas creencias son heredadas, las creencias que recibimos educativamente de nuestros padres, de nuestro entorno, de la sociedad en la que vivimos o en la cultura en la que vamos formándonos. Pero también, en parte, de las modificaciones que nosotros mismos vamos realizando a lo largo de nuestra vida.

Conforme vamos creciendo, vamos aprendiendo y modificando algunas actitudes para añadir otras. La actitud además se refleja también en nuestra comunicación no verbal, en nuestros gestos y posturas. En la mirada. La actitud es además fundamental para potenciar la aptitud. Tener una buena actitud nos libera, nos abre puertas y nos libra de sufrimientos inútiles.

Nuestra actitud también se forma por la imagen que tenemos de nosotros mismos. Independientemente de la circunstancias, la manera en que nos vemos a nosotros mismos determinará también nuestra actitud. Una buena autoimagen potencia actitudes de enfrentamiento, resolutivas; sin miedo a nada. La actitud se convierte así en el mejor antídoto contra el miedo, la inseguridad.

Si desea mejorar su actitud empiece por ser consciente de ella. De los efectos que tiene. Si es consciente de que de su actitud depende su estado de ánimo intente mejorarla.

Para ello, empiece a pensar de manera más positiva hasta que se convierta en un hábito y verá que cuando su actitud cambia, la manera de relacionarse con el mundo que le rodea, también.



domingo, 27 de agosto de 2017

LAS GUERRAS DE LA MENTE


Nuestros pensamientos negativos crecen y se hacen más fuertes cuanto más pensemos en ellos. Esto es algo tan cierto que basta ver cómo nuestro estado de ánimo cambia en cuanto decidimos empezar a pensar de otra manera.

Cuanto más nos centramos en alguna decepción sufrida, en un problema o en algo que nos entristece… parece tener más fuerza y nos resulta más difícil sacarlo de nuestra mente.

Mantener la mente en paz supone negarse a pensar en aquello que nos atormenta y que rumiamos y rumiamos, como si se tratase de un círculo vicioso, sin darle salida.

No se trata de volverse irreflexivo e inconsciente, sino que sabiendo con certeza que si damos vueltas a lo que nos aflige no conseguimos más que empeorar nuestro estado de ánimo, deberá ser mejor, por lo tanto, dejar de pensar en ello.

Para ello, para conseguir dejar de librar guerras en nuestra propia mente, es útil primero decidir no pensar en ello y bombardearse mentalmente con otro tipo de pensamientos. Es decir, dirigir nuestro pensamiento a otros temas y conducir la mente a aquello que decidimos pensar.

Deberemos, además, dejar atrás el pasado, independientemente de que el hecho pasara hace 10 años o dos horas.

Tener la certeza de que la felicidad es el aquí y ahora, el momento único e irrepetible de estar aquí, porque realmente es lo que tenemos.

Acceder a la felicidad no es más que decidir asirse a ella, con un funcionamiento de nuestra mente sano, con la certeza de que depende única y exclusivamente de mí y no tanto de las circunstancias, que a veces acompañarán y otras no.

No anteponga sus pensamientos derrotistas a sus sentimientos y pensamientos positivos y tenga la certeza de que si así lo decide, será feliz.


domingo, 6 de agosto de 2017

DESCANSAR LA MENTE


Nuestra mente es poderosa; sí, la suya, la mía, la de cualquiera.

Lo que ocurre es que olvidamos que nosotros somos los que la manejamos.

Somos los dueños, los artífices de nuestros pensamientos.

Con frecuencia, nos afligimos dejándonos llevar por tremendos pensamientos catastrofistas, destructores y desagradables, dejando de lado los pensamientos positivos, aquellos que inmediatamente aclaran nuestra percepción de las cosas, nuestro estado de ánimo.

Esta tortura autoinfligida, provoca oscuridad en nuestra vida, falta de atención, cansancio mental y físico, mientras que, simplemente el pensar en positivo provoca exactamente lo contrario: claridad de ideas, serenidad y ser capaces de ver lo extraordinario en lo cotidiano.

No se trata de dejar la mente en blanco, de no pensar o de tener ese estado que a veces se postula (hoy, muy en boga) de que todo es de color de rosa.

No.

Se trata de centrarse en lo que tenemos alrededor bueno, de aportar soluciones en lugar de ofuscarse en lo negativo, en los sinsabores y decepciones, que las hay en nuestra vida y las seguirá habiendo. Simplemente. se trata de centrarse en lo bueno, en acostumbrarse a hacer reflexiones positivas en relativizar y no dramatizar.

De esa manera, nuestra cavilaciones se convierten en agradecimientos, en afianzar nuestros valores, en agradecer lo que somos y lo que tenemos.

Una mente agradecida es una mente descansada.

Dejar de luchar entre lo que es y lo que nos gustaría que fuera, supone aceptar la realidad y esa aceptación conduce a la serenidad, paso a paso de tal manera que nuestro pensamiento va acostumbrándose a acallar, esos ruidos mentales que nos agobian y ofuscan.

Acostúmbrese a ejercitar su mente con ejercicos mentales creativos, aquellos pensamientos que relativizan lo malo, lo colocan en su justo puesto y que se fijan en lo bueno, en lo que nos hace movernos mentalmente.

Esto es como el ejercicio físico, cuando lo hacemos nos sentimos cansados, pero revitalizados. Haga lo mismo con sus pensamientos. Ejercite su mente en focalizarse en lo positivo, evitando dar vueltas a lo mismo.

Si nos paramos en los pensamientos negativos y damos vueltas y vueltas a lo mismo anulamos nuestra creatividad, la posibilidad de resolver y por lo tanto, de avanzar.

Cultive el pensamiento creativo, reflexivo y claro.

Tenemos la capacidad de crear las reflexiones que queramos.

Utilicémosla más a menudo.


domingo, 23 de julio de 2017

La ansiedad o el miedo a tener miedo


Frecuentemente, cuando tenemos ansiedad vivimos en un estado de alerta continuo.

Como si tuviéramos que estar pendientes de un peligro inminente, que en realidad no es real. De tal manera que nuestra mente esta siempre sujeta a una autobservación negativa pendiente de síntomas de agobio que van desde taquicardias a dolores de cabeza o temblores, sudoración, pequeños mareos...

Todo ello es indicativo de una activación de nuestro sistema nervioso que en realidad no obedece a nada real, puesto que seguimos llevando la vida normal y enfrentándonos a nuestro día a día. Sin embargo, al tener ansiedad aparecen los miedos. Miedo a que me pase algo, a perder el control, a creerme que suceda lo peor, como volverme loco o hacer algo fuera de control… El miedo nos atrapa y nos tortura, y así empezamos a meternos en un círculo vicioso en el que tenemos miedo a tener miedo a que se disparen los síntomas de la ansiedad y a que suceda la muerte o la locura.

Ninguna de estas dos cosas sucede nunca. La ansiedad es muy incapacitante, pero, realmente, cuando se le pierde el miedo, lo que se consigue es dominarla, perder el miedo a los síntomas, que empiezan a disminuir hasta desaparecer y poder volver a controlar nuestro bienestar.

Perder el miedo a tener miedo supone ser capaces de distinguir el miedo real, aquel que nos protege de peligros reales, de ese otro miedo que no obedece más que a una activación de nuestra mente y que no provoca nunca nada más que malestar.

Aceptar que tengo ansiedad, no reprochármelo ni enfadarme por tenerla, y perderle miedo serán los primeros pasos para empezar a dominarla y empezar a conseguir que todos esos síntomas, tan incomodos, desaparezcan.


domingo, 16 de julio de 2017

PARÁLISIS POR ANÁLISIS


Todos sabemos lo que ocurre con unas aguas que no corren; se estancan y se pudren.

Mantenerse activo es una de las mejores cosas que podemos hacer los seres humanos.

Nos proporciona bienestar y está al alcance de todos.

No es infrecuente oír a personas que no se han jubilado nunca y que siguen activos a pesar de tener una edad avanzada. Claramente, el estar activos les permite seguir manteniéndose vivos, mejorar sus cualidades físicas y mentales.

Pararse a pensar es estupendo, pero, en ocasiones, analizar sin pasar a la acción nos paraliza en repeticiones mentales de las que es difícil salir.

Es lo que se conoce como la parálisis por análisis. Es decir, el círculo vicioso que se produce al estar analizando una y otra vez qué hacer o no, qué decidir o no… lleva a inmovilizarnos y a seguir muchas veces en el malestar.

Mantenerse activo, pasar a la acción, supone negarse a perder cosas: bienestar físico y actividad mental, capacidad de reflexionar y de hacer.

La actividad física y mental supone que usamos nuestras capacidades o las perdemos.

Además, hay una ganancia fundamental que conlleva el mantenerse activo, que es que al hacerlo nos alejamos de las preocupaciones. 

Supone expandirse y aprender.

Si tenemos las destrezas adquiridas, el practicar hace que las mantengamos, y si no las hemos adquirido, el aprendizaje nos motiva y nos llena de energía.

No hay que dejar de involucrarse en actividades que nos atraigan y nos permitan practicar el arte mejor del mundo que no es otro que el arte de vivir.

domingo, 9 de julio de 2017

PEQUEÑOS CAMBIOS, GRANDES ESPERANZAS


La mayoría de la gente que se siente mal coincide en que no llevan a cabo grandes cambios para salir de ahí. Cuando les pregunto por qué, suelen decirme que no se ven capaces, que les resulta imposible, que es un mundo para ellos/as salir de ese malestar.

Sin embargo, siempre pienso que lo que se esconde detrás de esa inactividad son dos cosas. Por una parte, la comodidad de situarse en su zona de confort, de tal manera que aunque negativa, se sienten cómodos quejándose y auto-compadeciéndose.

Además, está el miedo. El miedo a no verse capaces, el temor a intentarlo y fracasar, a asomarse a lo desconocido y perder… y curiosamente son esas dos cuestiones las que les incapacitan o anclan en el malestar.

Para poder luchar contra estas dos cuestiones es imprescindible partir siempre de la misma base.

Ser conscientes de que la vida de cada uno la dirige cada uno.

Es decir, las circunstancias de cada persona le son propias, pero la actitud que cada uno de nosotros tome con respecto a esas circunstancias es la que realmente va a conducir nuestra vida, y determinar que sea de una manera u otra.

Ser conscientes de que cada uno de nosotros llevamos el timón de nuestra vida, independientemente de las circunstancias, nos da inmediatamente libertad de acción y seguridad, ya que nos sabemos poseedores de la mayor fuerza que uno puede tener (y la más importante en nuestra vida): el poder sobre uno mismo.

Lo que yo espero de mi vida dependen de mí, no de los demás o de la suerte. Y soy yo el principal artífice.

Así que tengo que empezar a hacer cosas nuevas, a vencer la pereza y el conformismo auto-complaciente y elegir. Si sigo haciendo lo mismo, me sentiré igual. Si empiezo a introducir pequeños cambios, las cosas cambiarán.

Elegir seguir lamentándome o seguir paralizado por el miedo (a fracasar, al rechazo, a hacer el ridículo… y miles de miedos irracionales más, que realmente no significan nada) o empezar a dar pasos para ir cambiando.

Deshacerse de los malos hábitos se consigue poco a poco.

No hay que ponerse grandes objetivos, sino hacer lo cotidiano, pero de manera diferente, lo que día a día, sumado, produce el cambio general.

Olvide lo pasado, deje atrás la frustración y el miedo, y empiece por sí mismo.

Este es el momento, y piense que cada día es un regalo y una oportunidad para empezar a cuidarse, a preocuparse de sí mismo, y a crecer.


domingo, 2 de julio de 2017

PERDER EL TIEMPO



El tiempo parece volverse un poco más lento en esta época del año; anochece más tarde, hace calor y parece que todo nos invita a tomarnos el día a día sin prisas.

Como si las prisas desaparecieran por unos meses, para volver al ritmo frenético en el que vivimos a partir del mes de septiembre.

Vivimos en una sociedad donde está hipervalorado el tener el tiempo ocupado; parece, incluso, que la persona que se toma las cosas de manera relajada, no es productiva.

Sin embargo, qué importante es hacer las cosas sin prisas, porque no solamente se gana en eficacia, sino que se evita tener muchos momentos de ansiedad innecesarios, que tanto malestar nos provoca.

Deberíamos reflexionar estos meses de verano, para intentar, en septiembre, realizar las tareas diarias que tenemos, con la rapidez que requieran, pero sin prisas innecesarias.

Para eso es fundamental organizar bien el tiempo, distribuirlo adecuadamente, sin auto-exigirnos a veces cosas imposibles de hacer y, más importante todavía que todo esto, dedicar unas horas del día a conversar, pasear o, simplemente, a "perder el tiempo".

Este "perder el tiempo", tan denostado hoy en día por parecer sinónimo de vago, es algo fundamental.

Por ejemplo: estar sentado en un banco viendo pasar a la gente, tumbarse al sol, cerrar los ojos y conectar con nuestro interior... sestear, proporcionarse cosas y momentos agradables... todo eso que en general nos gusta hacer en vacaciones.

Intentemos que cuando volvamos después del periodo vacacional a nuestros trabajos diarios, no perdamos el reservar unas horas para nosotros mismos, para escuchar música, pasear, hacer ejercicio o charlar con nuestros familiares.

Pongamos como prioritario el contacto afectivo con los que queremos. Seguramente, nuestro bienestar será mayor y eso hará que encaremos el día a día, con mayor ánimo.

Recuerde, como he leído hace poco, que el trabajo más productivo es aquél que sale de las manos de un ser humano contento.


domingo, 25 de junio de 2017

OLVIDAR PARA SEGUIR


La decepción es difícil de digerir mentalmente. Cuando alguien nos decepciona es complicado volver a pensar en él o en ella de otra manera que desde la visión de que algo se rompe profundamente y de que nos sentimos engañados.

Es un sentimiento al que es difícil dar la vuelta. Con frecuencia volvemos una y otra vez a preguntarnos cómo pudo ser que esa persona nos mintiera o engañara, cómo pudo hacernos daño intencionadamente.

Perdonar se hace difícil y sin embargo es necesario porque de esa manera dejamos de anclarnos en le pasado.

El perdón supone soltar lastre y seguir con nuestra vida. No es ofrecer de nuevo la mejilla o tender la mano. Quien nos hizo daño ya no forma parte de nuestra vida y tampoco debe formarlo de nuestro pensamiento.

En ese sentido, el perdón supone destruir el vínculo que quedaba y deshacerse de lo que nos produce malestar. No hay que dar más vueltas y, simplemente pero constantemente, hay que repetirse que hay de que dejarle ir, que se marche de nuestro pensamiento.

Aprender de lo vivido es lo que nos da fortaleza, aunque al principio duela.

Olvidar es necesario, pero un olvido consciente de que lo mejor ahora después de la decepción y la ruptura, es empezar por uno mismo. Por redescubrirse haciendo cosas, actividades, conociendo a nuevas personas, aireando nuestro interior.

Olvidar a la persona que nos trató mal, sea una relación amorosa, un compañero de trabajo o cualquier otro ser humano que se nos cruza en el camino, es aprender de los errores cometidos, reafirmarnos en que lo más importante es la atención a uno mismo.
Conectar con nuestros valores, con lo que somos y sentirnos orgullosos de ellos.

Entender que somos un proceso y que continuamente estamos en progreso y aprendiendo, y que en el transcurso de ese aprendizaje seremos como el junco que se dobla ante los vendavales, pero recupera su fuerza y su firmeza una vez pasada la tormenta.

Aferrarse al presente y entender que la vida es un regalo, que hay que estar en el momento, dejando atrás un pasado doloroso pero siempre enriquecedor porque siempre enseña.

Y por último, tener muy presente que nadie más que uno mismo se encarga de su propia felicidad o bienestar.

Así que no olvidar nunca, nunca, que nuestro principal trabajo es tratarnos bien y hacernos feliz.


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