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domingo, 17 de abril de 2022

SABER DECIR QUE NO




Imagen: Pixabay

No es infrecuente que las personas nos sintamos mal cuando somos asertivas, siendo, sin embargo, esto algo necesario para nuestra propia estima. La asertividad es la cualidad que todos debemos tener para expresar lo que sentimos, pensamos o queremos, sin hacerlo de una manera agresiva, ni tampoco dejando de hacerlo, lo que nos coloca en una situación pasiva que, a su vez, suele generar inseguridad, agresividad y culpa.

Estamos educados en la idea de que es una descortesía decir lo que sentimos o queremos, y que, por educación, es mejor decir que sí a propuestas, comentarios, etc. con los que no estamos de acuerdo, para no significarnos o por miedo a que la otra persona se enfade o nos rechace.

Pero la realidad es que cuando decimos que sí y en realidad deseamos decir no, directamente nuestra autoestima se ve dañada, nos sentimos poco seguros y, a veces, nos dejamos manipular por los demás. Olvidamos que todos tenemos nuestro derecho a decir nuestra propia opinión, a hacer las peticiones que queramos hacer y a decir que no, asumiendo, eso sí, que el que está enfrente puede estar de acuerdo o no con lo que pedimos o decimos, acceder o no a nuestras peticiones, pero que eso no nos hace peores personas.

Es muy importante mantenerse firme porque, al final, lo que estamos manteniendo es nuestra propia capacidad de respetarnos y de dar por válidos nuestros argumentos, independientemente de lo que los demás opinen, afirmando así nuestra identidad.

Eso sí, expresar nuestros sentimientos y opiniones nunca debe convertirse en una afrenta al otro o en un exabrupto, porque eso sería entrar en el terreno de la agresividad y no es asertivo aquel que ofende al otro a la hora de expresara su opinión. Mantenernos en el “no” sin temor a que los otros nos rechacen supone afianzar la confianza en nosotros mismos y no depender de la aprobación de los demás sino de uno mismo.


domingo, 9 de mayo de 2021

PIENSA MAL...



Imagen: Pixabay

Uno de los errores que cometemos con mayor frecuencia es creer adivinar el pensamiento del otro, lo que nos lleva a equivocarnos muchas veces y, sobre todo, a sufrir innecesariamente.

Esto forma parte de ese, por ejemplo, miedo permanente que tenemos al ridículo, concepto que no significa absolutamente nada, si partimos de la base de que cada ser humano es libre para hacer y decir lo que crea, derecho únicamente limitado por la no agresión o la falta de respeto al otro, o dicho de otra manera, limitado por la libertad del prójimo.

Sin embargo, las personas creemos que somos previsoras y nos adelantamos a los posibles problemas que podemos enfrentar si pensamos mal, si desconfiamos o si dudamos de la honestidad del contrario. Creer adivinar las intenciones de los demás lleva con frecuencia a absurdos en nuestro comportamiento. Para saber qué piensa el otro hay que preguntárselo directamente, no jugar a intuiciones ni adivinaciones de pensamiento. Les transcribo a continuación un artículo de la escritora y periodista Rosa Montero que me parece que ilustra bien cómo los estereotipos, adivinaciones de pensamientos y nuestro propio cambio de pensamiento, resuelven una situación curiosa.

Estamos en el comedor estudiantil de una universidad alemana.

Una alumna rubia e inequívocamente germana adquiere su bandeja con el menú en el mostrador del autoservicio y luego se sienta en una mesa.

Entonces advierte que un chico negro, probablemente subsahariano por su aspecto, se ha sentado en su lugar y está comiendo de su bandeja.

De entrada, la muchacha se siente desconcertada y agredida, pero enseguida corrige su pensamiento y supone que el africano no está acostumbrado al sentido de la propiedad privada y de la intimidad del europeo, o incluso quizás que no tenga dinero suficiente para pagarse la comida, aún siendo barato para el elevado estándar de vida de nuestro ricos países.

De modo que la chica decide sentarse frente al tipo y sonreírle amistosamente. A lo cual, el africano contesta con otra blanca sonrisa.

A continuación, la alemana comienza a comer de la bandeja intentando aparentar la mayor naturalidad y compartiéndola con exquisita generosidad y cortesía con el chico negro. Y así, él se toma la ensalada, ella apura la sopa, ambos pinchan paritariamente del mismo plato de estofado hasta acabarlo y uno da cuenta del yogur y la otra de la pieza de fruta. Todo ello, trufado de múltiples sonrisas educadas, tímidas por parte del muchacho, suavemente alentadoras y comprensivas por parte de ella.

Acabado el almuerzo, la alemana se levanta en busca de un café. Y entonces descubre, en la mesa vecina detrás de ella, su propio abrigo colocado sobre el respaldo de una silla y una bandeja de comida intacta.



domingo, 17 de enero de 2021

HABLANDO CON UNO MISMO



Imagen: Pixabay

Todos tenemos un lenguaje interno del que a veces no somos conscientes.

Continuamente estamos diciéndonos cosas o teniendo pensamientos en los que nos hablamos. Las personas enseguida empezamos a formularnos preguntas o a decirnos internamente cosas acerca de lo que nos sucede. Cuando estamos, por ejemplo, paseando solos estamos en un monólogo interior continuo en el que los pensamientos van y vienen acerca de cosas que nos han sucedido, decisiones que tenemos que tomar, problemas que hay que resolver, recuerdos o hablándonos acerca de lo que en ese momento estamos viendo.

Este monólogo interior o frases que nos repetimos provocan muchas veces nuestras emociones o están asociadas a ellas, haciendo que estas emociones se intensifiquen o no.

En muchas ocasiones, nos convertimos en nuestros propios enemigos, cuando nuestro diálogo interior se convierte en una crítica continua que nos pone en duda, nos censura y compara con los demás, comparación de la que siempre salimos mal parado o nos ridiculiza, saboteándonos, y fijándose solamente en los errores y nunca en los aciertos. Es entonces cuando este diálogo interior se convierte en nuestro enemigo, aunque en realidad somos nosotros mismos quienes hablándonos así nos provocamos emociones de angustia, ansiedad o depresión.

Cambiando este diálogo interior y tratándose de la misma manera compasiva y humana con la que trata seguramente a los demás, empezará a sentirse mejor.

Primero, será más justo consigo mismo, pero, además, si este diálogo interior es realista y positivo, conseguirá indefectiblemente que sus emociones sean positivas, más ajustadas en términos de bienestar, y que a la hora de enfrentarse a los problemas ponga usted en marcha los recursos personales que seguramente tiene para resolverlos.

Si ese lenguaje interior es negativo, todo se tiñe de negro, se sentirá incapaz de resolver nada y antes de iniciar el cambio se habrá saboteado y desaparecerá la motivación. Sus recursos personales, a pesar de tenerlos, quedarán constreñidos y sentirá que no es capaz de hacer nada.

Ser consciente de que siempre se está diciendo algo, de que siempre se está pensando y de que si ese lenguaje interior es realista y positivo manejará mejor sus emociones, le ayudará a enfrentarse mejor a los problemas y a las dificultades que la vida tiene, además de disfrutar de todo lo bueno que nos da.


www.diazbada.com

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