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CULPAS NO, SOLUCIONES


Cuando tenemos un problema, perdemos mucho tiempo, y el buen ánimo, intentando buscar culpables o generándonos sentimientos de culpa.

Esto nos provoca mucha frustración, nos paraliza y nos deja con una buena dosis de desgaste mental.

Tanto si empezamos a repasar mentalmente quién tiene la culpa de que tal problema se haya dado, como si nos culpamos nosotros mismos, hace que invirtamos un gran esfuerzo mental que notamos incluso físicamente porque con frecuencia la culpa se trasluce en dolores de cabeza, de estómago, ansiedad y, en ocasiones, descontrol de otras emociones como la ira.

Todo ello, además de hacernos sentir mal, nos paraliza e impide, por lo tanto, resolver y avanzar.

Les propongo que cuando tengan un problema concentren todo su esfuerzo en la solución del mismo, en vez de culpar a las demás.

Admita, en un ejercicio de reflexión consigo mismo, que ha podido cometer un error u otros han podido ser los causantes.

Pero, en lugar de enfadarse con el otro o consigo mismo, infravalorándose o mostrándose agresivo con el responsable del error, céntrese en pensar y en actuar, buscando la solución.

Después, ya puede reflexionar sobre qué debería volver a hacer, o no, o qué ha causado el problema para prevenir futuros inconvenientes o no volver a cometer los mismos errores.

Centrarse en la solución, en vez de culpar, hace que su motivación aumente.

También aumenta su creatividad y, en general, sensaciones de bienestar cuando trabajamos en grupo.

Acepte aquellas cosas que no puede cambiar y que no dependen de usted.

No pierda tiempo en lamentaciones acerca de lo injusto que es el mundo y lo desgraciado que se siente.

Céntrese en seguir adelante y, a pesar de los pesares, comprobará que siempre se sale adelante, que siempre se avanza y que la solución a aquello que tanto nos angustiaba viene cuando tomamos una postura activa con los demás y, sobre todo, con uno mismo, centrándonos en resolver, no en culpar. Pase a la acción, y olvídese de culpas y lamentaciones.



EL CAMINO HACIA LA FELICIDAD





Fotografía: Pixabay

No hay recetas para la felicidad y es importante saber que no existe la felicidad completa. A lo largo de nuestra vida tenemos momentos felices en los que nos sentimos bien, alegres, con entusiasmo y optimismo. Otros momentos, sin embargo, se llenan de nubarrones y nuestro ánimo entristece, lloramos o pensamos “qué difícil es todo”… sin darnos cuenta que también eso forma parte de nuestra felicidad porque son los malos momentos los que nos deberían servir para vivir intensamente los buenos.

No hay una sola felicidad y cada uno de nosotros vamos construyendo la nuestra a medida que vivimos. Descubrir qué clase de felicidad es la mía, qué es lo que me hace vivir con serenidad y bienestar, es el trabajo más importante de nuestra vida porque se trata de eso, de nuestra vida, al margen de modas, dictámenes sociales, etc.

No hay recetas infalibles porque cada felicidad es personal y única, pero sí que hay una serie de caminos comunes que a todos nos van conduciendo a esa felicidad y bienestar.

El primer camino es tener paciencia, no importa si otros avanzan rápidamente y aparentemente triunfan y son, aparentemente, siempre felices. Nosotros llevamos nuestro ritmo y no nos alejaremos de aquello que queremos conseguir.

Asumir nuestras fortalezas, nos equilibrará cuando cometamos errores, aquellos errores por los que nos condenamos o nos condenan y que, sin embargo, son muy humanos. Hay que asumir mentalmente que somos imperfectos, con la idea tan cierta, y tan racional, de que somos capaces de hacer muchas cosas bien.

De ahí se deriva que no debemos paralizarnos en nuestros dolores sino mirar un poco más allá. No hay que sufrir inútilmente, anticipando miedos o catástrofes; hay que asumir nuestras responsabilidades, pero no caer en la culpa que nos paraliza y nos impide avanzar. Debemos revisar nuestra escala de valores y repasar verdaderamente si estamos viviendo de acuerdo a ella o nos hemos desviado empujados por la vorágine del tiempo en el que vivimos.

Abrir bien los ojos y ver todo lo bueno que hay a nuestro alrededor; practicar el optimismo realista, el que no pierde de vista que hay que mantener los pies en el suelo, pero que piensa que la vida tiene sentido, a pesar del dolor, y que hay que seguir luchando cada día por darle ese sentido que nos lleva a la felicidad.


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